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Libro del día: Por dentro todo está permitido – Jorge Baron Biza

Lo bello y lo triste

Jorge Baron Biza había publicado una novela extraordinaria, El desierto y su semilla, cuando pocos años después se suicidó, en 2001. La tragedia de la historia familiar marca sin dudas su destino de escritor, pero siempre luchó contra la reducción autobiográfica. La publicación de Por dentro todo está permitido (Caja Negra-Cceba), donde se recopilan sus reseñas, retratos y ensayos, amplía la comprensión de un autor que merece mucho más que ocupar el casillero de descendiente de la raza de los malditos.

Por Claudio Zeiger

Fuente: Radar libros

Más de diez años antes de dar a conocer El desierto y su semilla, en un artículo que ahora se recopila en Por dentro todo está permitido, Jorge Baron Biza establecía un punto de vista respecto de su historia familiar. Era una respuesta, o más bien un comentario, a una nota de Enrique Sdrech que Baron Biza juzgó excelente, acerca de la trágica relación de sus padres, Raúl Baron Biza y Clotilde Sabattini. Ahí escribió: “He luchado con mi historia familiar, con la manera en que debo acomodar los hechos para seguir viviendo. Procuré durante muchos años no decir una palabra sobre el tema. Después traté de enfrentar fantasmas, girando con lupa y escalpelo en torno de viejos episodios. Ahora sé que no hay nada que acomodar, ni ocultar, ni exhibir. Que cada amor conserva sus huellas propias, en las que están impresos más allá de las palabras, los sentimientos; que éstos sólo son contradictorios para las palabras, pero que permanecen firmes, poderosos e inexplicables mucho después de que morimos”.

Cuando finalmente decidió romper el silencio y escribió –y publicó– la novela familiar, Baron Biza se consagró y marcó también un límite, su límite. Quedó encerrado en la dulce trampa de la autobiografía; digo dulce porque sus redes son tibias. Lo empujaban a pensar salidas del laberinto. Lo habían dejado en una suave disponibilidad. Ser otra clase de escritor sin negar lo hecho. Cambiar el rumbo. Empezar una nueva vida literaria. No nos dejó otra novela, pero este volumen que recopila reseñas, retratos y ensayos producidos entre mediados de los ’80 hasta su muerte, en 2001, ofrece indicios, pistas, señales que se fueron acumulando y destilando: su ironía nada ofensiva, su penetrante capacidad para entender, tratar de explicar desde adentro los mecanismos del arte, la belleza, la creación entendida como trabajo.

En el ensayo La autobiografía (ver aparte) también reflexionó acerca del papel del nombre, “un elemento autobiográfico no mentiroso”.

“El nombre va a ser lo que nos va a unir con nuestra muerte y nos va a permitir que después de que muramos sigamos siendo nosotros mismos”, señalaba. No se puede sino recordar que en El desierto y su semilla los nombres de la historia familiar están cambiados: Raúl es Arón; Clotilde es Eligia, Jorge es Mario. Estos reemplazos parecían sugerir un guiño para leer la novela como tal, para no atar más firmemente al lector al pacto autobiográfico, y sin embargo no le ha quitado el carácter de novela familiar: aire de familia, similitud con los hechos sucedidos, aunque con la posibilidad de amplificarse y no reducirse por medio de la ficción literaria. Y el nombre como sostén de una identidad más allá de la muerte no deja de mostrar la sombra de la sutil persecución de lo reprimido. Perpetúa la estirpe y la consolida en una novela que, única como un monumento, se singulariza aun más. Jorge Baron Biza es de aquí en más el autor de El desierto y su semilla, y es inevitable que sea a partir de la pieza única que se evalúe su lugar en la literatura argentina.

En el prólogo de Martín Albornoz de Por dentro todo está permitido, se despliega este tema que no está para nada cerrado. Pero es casi seguro que, más allá del suicidio, no corresponda situar a Jorge Baron Biza en una estirpe de malditos o marginales que siempre necesitarían de un momento reivindicatorio por parte de una crítica fascinada por el margen o de alguna otra fuente emanadora de malditismo o marginalidad ella misma para hablar de orilla a orilla. Sí es bastante posible entrever su conexión con una narrativa preocupada por los lazos entre vida y literatura, existencia y literatura. Pensar el lugar de la belleza y el arte en la vida es uno de los esfuerzos más notables que se lleva a cabo en El desierto y su semilla. Y esto sí que se retoma, se vuelve palpable y esencial en la recopilación de sus trabajos dispersos.

Por dentro todo está permitido Jorge Baron Biza Caja Negra-Cceba 203 páginas

Por dentro y por fuera

Jorge Baron Biza ejerció el periodismo desde joven y lo hizo como corrector, redactor fantasma y con firma, editor, coordinador de medios, de toda clase de revistas y secciones de revistas. Orbitó siempre alrededor de la cultura, el arte, pero también amplió su zona de interés a cuestiones de la sociedad, alta y baja. En una semblanza autobiográfica consignó que “me formé en colegios, bares, redacciones, manicomios y museos…”. Siempre reivindicó el centro y la provincia, el arte provincial y no provinciano, como señala en uno de los ensayos.

La lectura de los trabajos de Por dentro todo está permitido lo sitúa como un cabal heredero del periodismo modernizador de los años ’60. Es un crítico de arte que parece mirar los fulgores de la vanguardia desde adentro, pero con una apreciable distancia como para preguntarse por las líneas de tensión entre lo culto y lo popular. A propósito de Emiliano Di Cavalcanti y la vanguardia brasileña surgida a partir de la célebre Semana de Arte Moderno de San Pablo, se permite reflexionar que el panorama brasileño se muestra en los antípodas del devenir argentino: “Nada más lejano que el rumbo hermético y elitista que tomaba la modernidad argentina de la mano de escritores como Borges y Girondo, mientras los pintores de nuestro país no podían articular una línea fuerte y constante de la vanguardia hasta la década del ’40. Estas vacilaciones permitieron que ex post facto apareciera el tema de la oposición Florida-Boedo, que no existió como guerra, pero sí como brecha íntima entre lo popular y lo moderno en muchos de los artistas argentinos”.

Esa percepción de la brecha íntima revela una verdadera sensibilidad para apreciar el arte, y lo mismo sucede con el análisis del rol de la caricatura o el cocoliche que tanto le interesarían. Y con la conexión entre belleza y dolor, inevitable en retratos como el de Frida Kahlo, pero latiendo en la apreciación de todos los grandes artistas plásticos a los que aquí se reseña.

Hay un párrafo de la novela que siempre me pareció de los más potentes, de lo más hondo que haya escrito Jorge Baron Biza, en el que un sacerdote da su sermón en la capilla de la clínica italiana donde atienden a la madre de sus heridas en la piel. El sacerdote tiene enfrente un auditorio de enfermeras y otras personas más bien indiferentes. Pero el sermón, referido a los males del cine y la televisión (de la corrupción por la cultura audiovisual), es terrible, a la altura del crítico de arte más despiadado: “¡Levantad por un momento un ángulo de esa pantalla de perdición! Espiad qué cosa hay del otro lado. Como si fuese una mortaja, la pantalla esconde detrás de ella vuestra propia calavera y despojos. Estáis vosotras mismas allí enterradas, al final de una vida de ociosidad, malgastada ante esas imágenes engañosas y tentadoras: contemplad vuestro cadáver, descomponiéndose detrás de la pantalla, como bien sabéis que ocurre con los cuerpos que, recubiertos por una sábana, todos los días sacáis de las habitaciones a las tumbas, carne ya indiferente a Dios, hasta que el Juicio Final la restituya. Sólo si durante la vida habéis aprovechado la oportunidad que os ofrece Dios, os reconciliaréis y reconciliaréis vuestra carne con el espíritu”.

Y hay verdad más allá del tono del sermón (para el que Baron Biza consultó un diccionario de teología, según aclara) y que sin dudas no es el arte religioso ni el pecado audiovisual lo que aquí interesa. Sí la profunda convicción de que detrás de la literatura y del arte se juega el destino de la carne. Razón suficiente para interesarse por los caminos de la belleza y el dolor.

Los retratos, reseñas y ensayos de Jorge Baron Biza son un fino equilibrio entre lo snob, lo culto y lo masivo, un paseo preciso, agudo, de algunas derivas del arte del siglo XX. No se trata de encontrar la exacta contracara del novelista de El desierto y su semilla, ni la estricta confirmación de su sino dolorido y angustiado. Hay una relación diferente entre ambos libros, que se juega más bien en pliegues y repliegues, en ese gesto de levantar la piel del arte para ver lo que hay debajo.

Se pueden entrelazar estos dos libros, El desierto y su semilla y Por dentro todo está permitido, para lograr un cuadro más acabado del escritor que hizo todo lo posible por escapar a su destino, escribiendo su destino.

Leyes de un silencio

Publicado originalmente en Córdoba en la revista El Banquete el 17 de diciembre de 1998 e incluido en Por dentro todo está permitido, este breve relato lleva por título el mismo que Jorge Baron había pensado utilizar en primera instancia para su novela El desierto y su semilla, y de hecho retoma los seudónimos utilizados para reemplazar los nombres de sus padres en la novela: Arón y Eligia.

Arón pidió que su cuerpo fuera cremado y las cenizas esparcidas alrededor del monumento que le había construido a Cloë. Cuando llegamos, advertimos que el terreno que quedó como propiedad familiar en torno del obelisco de más de setenta metros, después de las ventas apresuradas de Arón, era tan pequeño que no había espacio suficiente para esparcir las cenizas.
Antes de morir, hubo de imaginarse una ceremonia crepuscular, entre los olivares que sembró en su estancia, y que treinta años después prosperaban a pesar de que nadie los cuidaba desde mucho tiempo atrás. Suponía que sus cenizas sutiles se adherirían a las hojas o se infiltrarían en el suelo para alimentar las raíces y aparecer transustanciadas en la pulpa de los frutos. Quería que su cuerpo se incorporase a la tierra y estaba convencido que de ese modo iba a cambiar el mundo. Pero en los tiempos de su entierro efectivo, a mediados de los sesenta, los olivos ya estaban vendidos, del otro lado del alambrado. La tarde era oscura, ventosa, y la luz se había quedado del otro lado de las nubes.
Nos reunimos, mi tío Juan María, el cuidador del monumento, una amiga de Juanito que se escondió en el coche y echaba temerosas miradas azules, y yo… además de Arón, que ya cabía en una caja cúbica de unos treinta centímetros de lado. Una vez que comprobamos que, por falta de espacio, resultaba imposible cumplir la voluntad póstuma del cenizado, todos dudamos largamente. El cuidador propuso subir hasta la cumbre del monumento y arrojarlas desde allí. Era el único poeta del grupo, sin duda, pero ya la ancianidad no le permitía caminar, y mucho menos subir los 241 escalones del monumento. Yo consulté el nivel de mi petaca y supe que tampoco podría hacerlo. El tarambana de Juan María pensó unos segundos y racionalizó:

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9 junio, 2010 at 1:27 pm Deja un comentario


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